Recuerdos pixelados


Un domingo decidimos ir con Ferran al Mercat de Sant Antoni, un lugar en donde se venden, entre otras cosas, libros, películas, revistas y juegos usados. Buscábamos un juego para la Game Boy, y lo encontramos. Aquel videojuego era exactamente igual al que yo jugaba cuando era chica, pero en la pantalla del televisor, creo que por eso lo quería. Ese día estuve toda la tarde entretenida. Este juego me había traído recuerdos de mi infancia, y me hizo rememorar unos cuantos que también disfrutaba. Algunos que se me vienen a la memoria, como el Pac-Man o el Tetris, se iban complicando poco a poco, aunque la base del juego era básicamente la misma. En otros había un personaje que tenía que ir cumpliendo misiones en diferentes niveles, hasta llegar al último, en el que tenía que matar a algún monstruo, o rescatar a alguien para conseguir ganar. Entre éstos se encontraban el Super Mario, el Circus, tal vez el Donkey Kong, Mappy, Ice Climber o el Adventure Island, que tenían tramas más “complicadas” y, de alguna manera , había que hacer que el personaje en cuestión le tire bolas de fuego a tortugas voladoras, haga equilibro sobre pelotas gigantes en un circo, sortee barriles rodantes arrojados por un gorila, recoja todas las cosas de una casa sin ser visto por los gatos que la vigilan, suba a lo alto de una montaña rompiendo el hielo y eliminando pingüinos o vaya por la selva como si fuese Tarzán tirando martillazos a monos y serpientes, recogiendo fruta para ganar tiempo y rompiendo, literalmente, los huevos en el camino.

Me había resultado muy complicado juntar el dinero para comprarme la consola, pero por suerte, después de tanto ahorrar, la tuve en mis manos. Era ovalada, de color rojo y blanco. En la escuela, entre los que teníamos la suerte de poseer aquel dispositivo, se generaban discusiones sobre si cual era la original, la que tenía yo o la cuadradita del mismo color, aunque lamentablemente nunca llegábamos a ninguna conclusión al respecto.

Un día, no hace mucho, descubrí que ninguna de las dos resultaba ser la genuina. Ferran nunca había oído hablar de estas consolas aquí en Europa, aunque sí de los juegos, e investigando en internet descubrimos cual era la verdadera, que era descolorida y cuadrada, sin la gracia de las otras, que resultaron ser un invento pirateado bien nuestro.

Sin embargo, la ilusión que teníamos mi hermano y yo al conectarla cada tarde después de la merienda y jugar un rato sentados en el piso, frente a la tele, pasando el tiempo entre risas y dando saltos en un mundo lleno de hongos y plantas carnívoras; nos hacía felices, sin importarnos demasiado la opinión de los demás.

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