El amanecer, el infinito y el cabrón del organillo


Amanece. El sol prende fuego a las nubes como un pirómano completamente ido. Es un momento único, una fracción de segundo, una imagen que nunca más volverá. Habrán miles de amaneceres más, más bellos o más feos, pero este brilla, se expande y se funde ante mi para no volver jamás. Y todo porque hoy he levantado la vista del suelo. He decidido no preocuparme si piso una mierda o si pierdo el rumbo. Por un momento hay algo más que el asfalto sucio.
Es un momento finito, pero, por un instante, como un destello suave, toco el infinito. Siento un escalofrío por la columna, una sacudida tan delicada que te jode que no dure más. Me ha rozado la infinitud en un orgasmo finito. Porque el infinito es eso, repetición de momentos finitos, de instantes únicos que jamás volverán. Repitiendo continuamente cosas diferentes, un yin-yan a infinitas revoluciones, sucesión continua de blanco y negro, que a lo lejos se diluye en gris.
Y entonces, justo después de que el sol fagocite las últimas nubes, me deprimo. Pienso en los infinitos que dejamos atrás. En el primer beso en el portal de SU casa en Vallcarca, en la primera mirada de mi hijo, en su primera carcajada. En mis primeras navidades conscientes, cuando aún el cinismo no había envenenado mi mirada. En las comidas con la familia, llenas de adultos arreglando y asegurando mi mundo mientras los suyos propios se aguantaban por hilos desgastados. En las risas teñidas de alcohol y música de un grupo de amigos que no saben que les traerá el mañana, pero que esa noche no les preocupa una mierda.
Y como banda sonora a este hundimiento sensorial aparece el cabrón del organillo. El violador del pentagrama. Un delincuente musical que destripa con sadismo melodías que ya no volverán a sonar bien en mi mente. Agarra el “my  way” y lo retuerce hasta que la voz de Sinatra se esconde detrás de una explosión de tímpanos que mana del diabólico instrumento que aporrea a dos manos. Vuelvo a pisar el suelo y me lo como de morros. ¿Dónde estarán ahora las Juventudes Nacionales del SGAE? ¿Porqué no vienen y le prenden fuego al organillo, le cortan las manos y queman libros en una orgía de sangre? Dios!!!! Que duro es el suelo!!!!

PD: Tengo que dejar de leer a Bukowski, me pone de un violento poético inaguantable

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