Dinero Negro


Si tienen un momento libre y están muy aburridos, les invito a visitar el Registro Mercantil y consultar el capital social de la mayoría de SL y SA de este país. Aparte de gastarse un buen dinero en honorarios del Registro, descubrirán que, en gran parte, su capital es básicamente el mínimo por ley (3.006€ SLs y 60.000€ SAs). Cualquiera que haya emprendido un negocio o haya estudiado hacerlo convendrá que, para iniciar una actividad, 3.006€ es un importe que no da para mucho (y 60.000€ , según la actividad elegida a desarrollar, tampoco). Tan sólo en gastos de notario, Registro Mercantil y Gestoría tranquilamente podemos tener unos gastos de 2.000€. Quedándonos 1.000€, y teniendo en cuenta que la gran mayoría de empresas son SL, debemos empezar un negocio con este disponible.

 

La realidad es que muchos empresarios inyectan dinero vía aportación de socios no escriturada (la enigmática cuenta contable 551), pero esta aportación es tan voluble como lo sea el carácter del aportante. Además, no suelen ser grandes cantidades ya que no desean llamar la atención a la Agencia Tributaria, no vaya a ser que nos pregunte de donde aparece ese dinero, pregunta que más de uno teme y menos de dos pueden responder.

 

En otros países (Francia, Portugal, …) existe la obligación, en las facturas que emite una empresa, de poner el capital de la misma. Se entiende que una de las señales de fortaleza o seriedad de una sociedad es su capital social. Es por ello que en estos países, en vez de repartir todos los beneficios obtenidos en un ejercicio entre los socios, es habitual que se destine una parte a escriturar un aumento del Capital de la sociedad. Supongo que es un tema de cultura empresarial, pero creo que es más serio y aporta más solidez una política empresarial destinada a aumentar los fondos propios de una sociedad antes que el reparto de dividendos al corto plazo.

 

Uno de los problemas de este país es la economía sumergida, la economía que por definición se mueve en efectivo, no formaliza contratos y no tributa. Se estima que mueve un 20% del PIB del país, lo que genera más de un problema. Por un lado están los empresarios legales, que tienen que competir con empresarios “sumergidos” con unos costes mayores y con una menor flexibilidad. Por otro el tema de la tributación, las arcas públicas están perdiendo una importante fuente de ingresos con los costes que tiene esto en los servicios que presta la Administración (Sanidad, Seguridad, Educación…). Y por otro lado, la “endogamia” de esta economía. Es decir, si yo genero 100€ en negro, no los puedo ingresar en mi cuenta bancaria. Los tengo que gastar en efectivo en gastos no muy grandes para que no llamar la atención, o los reinvierto en actividades sumergidas ya que no puedo justificar su origen si invierto en una actividad legal.

 

Las políticas de persecución de la economía sumergida que emprende la Agencia Tributaria me recuerdan a alguien golpeando la superficie del mar. En un principio generas un hoyo, pero dura milésimas de segundo ya que enseguida se rellena otra vez de agua. Creo que sería más fácil dejar una puerta abierta a esta economía, es decir,

perseguirla a con todo, pero a la vez ofrecer la posibilidad de “limpiarse”.

 

¿Cómo? Pues muy sencillo (más o menos). Siguiendo la idea de que una empresa se financia de forma más eficiente a través de su capital (sin tener que recurrir a bancos con los intereses y costes correspondientes), habría que dar la posibilidad de “limpiar” este dinero dejando entrar en el accionariado de empresas y/o en la inversión de nuevas iniciativas.

 

Esto es un riesgo, ya que no es lo mismo el dinero en negro generado por un paleta que haga sus “chapucillas” que el dinero generado por la trata de blancas o el tráfico de drogas. Es por ello que las personas que se acogieran a esta fórmula deberían estar sin antecedentes penales. Y para evitar derivaciones a través de sociedades de paja, deberán ser participaciones que tan solo pueda ser titular una persona física. Es decir, una empresa no puede aportar capital de su dinero negro. Así evitamos las “ingenierías” societarias de blanqueo de capitales.

 

Otros condicionantes que creo que deberían darse:

  • Estas participaciones no podrán transmitirse a una sociedad jurídica, tan solo pueden transmitirse a otra persona física

  • Durante 5 años no podrá proceder a la venta de estas participaciones y no podrá cobrar dividendos en los 2 primeros años desde la inversión inicial. Como incentivo fiscal se puede reducir el tipo de retención de los dividendos una vez pasados estos dos años.

  • Contablemente y públicamente (Registro Mercantil) estas participaciones serán iguales a las otras que constituyen el capital social, pero notarialmente (en la escritura) su naturaleza será distinta y su transmisión también

 

No soy experto en derecho mercantil, pero no creo que exista este tipo de participaciones dentro del código mercantil. Debería crearse, lo que no creo que tenga más complicación.

Ahora veamos a que tipo de empresas se permitiría invertir este dinero en proceso de blanquear:

  • Sociedades con una actividad mínima de 3 años, y en cuyo accionariado el aportante no sea socio. Este dinero tiene que cambiar de “ambiente”, “conocer mundo”. Tienen que estar al día con las obligaciones tributarias y mercantiles, y haber estado ejerciendo una actividad demostrable en los últimos 3 años. Definir el “demostrable” sería complicado pero necesario.

  • Para proyectos nuevos, se haría en proyectos que tendría en cartera la Administración, es decir, no serían proyectos opacos si no que habrían pasado un filtro previo por la Administración. Gracias a este filtro se podrían priorizar sectores de la economía como el de las tecnologías o el bio-médico.

 

Cabría definir que posible vinculación podrían tener en el consejo de Administración de estas sociedades. Soy partidario de no dejar demasiado poder, en un principio, a los aportantes, hasta que se consolide el proyecto empresarial. Pero este aspecto es difícil porque es cualquier persona, si aporta dinero, quiere al menos ser consultado en la toma de decisiones.

 

No soy ingenuo, no creo que ni el 10% del dinero “negro” llegara a legalizarse, pero aunque sea por una mínima aportación al crecimiento del PIB, creo que ya vale la pena intentarlo.

El amanecer, el infinito y el cabrón del organillo


Amanece. El sol prende fuego a las nubes como un pirómano completamente ido. Es un momento único, una fracción de segundo, una imagen que nunca más volverá. Habrán miles de amaneceres más, más bellos o más feos, pero este brilla, se expande y se funde ante mi para no volver jamás. Y todo porque hoy he levantado la vista del suelo. He decidido no preocuparme si piso una mierda o si pierdo el rumbo. Por un momento hay algo más que el asfalto sucio.
Es un momento finito, pero, por un instante, como un destello suave, toco el infinito. Siento un escalofrío por la columna, una sacudida tan delicada que te jode que no dure más. Me ha rozado la infinitud en un orgasmo finito. Porque el infinito es eso, repetición de momentos finitos, de instantes únicos que jamás volverán. Repitiendo continuamente cosas diferentes, un yin-yan a infinitas revoluciones, sucesión continua de blanco y negro, que a lo lejos se diluye en gris.
Y entonces, justo después de que el sol fagocite las últimas nubes, me deprimo. Pienso en los infinitos que dejamos atrás. En el primer beso en el portal de SU casa en Vallcarca, en la primera mirada de mi hijo, en su primera carcajada. En mis primeras navidades conscientes, cuando aún el cinismo no había envenenado mi mirada. En las comidas con la familia, llenas de adultos arreglando y asegurando mi mundo mientras los suyos propios se aguantaban por hilos desgastados. En las risas teñidas de alcohol y música de un grupo de amigos que no saben que les traerá el mañana, pero que esa noche no les preocupa una mierda.
Y como banda sonora a este hundimiento sensorial aparece el cabrón del organillo. El violador del pentagrama. Un delincuente musical que destripa con sadismo melodías que ya no volverán a sonar bien en mi mente. Agarra el “my  way” y lo retuerce hasta que la voz de Sinatra se esconde detrás de una explosión de tímpanos que mana del diabólico instrumento que aporrea a dos manos. Vuelvo a pisar el suelo y me lo como de morros. ¿Dónde estarán ahora las Juventudes Nacionales del SGAE? ¿Porqué no vienen y le prenden fuego al organillo, le cortan las manos y queman libros en una orgía de sangre? Dios!!!! Que duro es el suelo!!!!

PD: Tengo que dejar de leer a Bukowski, me pone de un violento poético inaguantable

Su obra maestra. Parte 2


La volví a ver. Apareció por la esquina hablando y gesticulando ridículamente como si estuviera terriblemente indignado. No podía ver a su sufrido interlocutor, tan solo podía intuir su espalda y una incipiente calva que me parecieron conocida. Raudamente levanté el periódico en mi mesa del bar de los desayunos. Me arrepentí amargamente de haberme a sentado en la mesa pegada a la cristalera.

Tras la portada con una horrible foto de la personalidad del momento, empecé a contar mentalmente su recorrido enfrente del bar. 5, 6,…. están a la altura de la cristalera, no respires…. 9,10 se alejan calle abajo, respira, no te confíes… 13,15, el peligro pasó….

Iluso de mí, creí que me había librado de mi repugnante creación. Lentamente bajé el periódico con alivio, mirando hacia el final de la calle, hasta que me di cuenta que la luz había abandonado mi mesa…. Enganchado en la cristalera a mi altura estaba mi obra maestra, con una sonrisa babosa, con la nariz grasienta enganchada al vidrio, haciendo señas. La víctima de sus gesticulaciones era la calva conocida que había torcido por la esquina. Era mi editor. Y parecía cabreado.

Como un torbellino entraron al bar y se plantaron delante de mi mesa. Me quedé hipnotizado por la mirada iracunda de mi editor. Alrededor de él, danzando torpemente, mi obra maestra, repitiendo continuamente “te lo dije”.

-¿Donde están los nuevos cuentos?

-Eh… estoy en ello. Me faltan algunos detalles

-Mentira, hace dos semanas que se rasca los huevos, se levanta a la una, desayuna por ahí, y se va de bares hasta la noche, y luego se va de putas

-Eh! Yo no voy de putas, no…

-Me importa una mierda si vas o no vas de putas, me importa un mierda si una monja o una zorra te la pela a dos manos con un estopajo, o si un negro te hace más ancho el agujero de atrás- la vena de la calva de mi editor se hinchó a niveles de embolia cerebral- Quiero mi libro de cuentos para la semana que viene.

-Pero si es imposible, aun tengo que empezar!!!

-Ah, ¿no te faltaban algunos detalles sólo?

La babosa bigotuda sonrió un poco más. Hija de perra. Yo no iba de putas, como mucho a algún club de alterne, a inspirarme, a captar la esencia de la denigración humana, a entender que es lo que lleva a un ser humano a buscar un consuelo mercenario de las necesidades más íntimas,… en serio.

Tuve que bajar la cabeza y asentir, prometer que mis horarios se convertirían en diurnos, que recuperaría ese artefacto del diablo que es el despertador de su exilio del lavabo, y que la semana siguiente tendría los cuentos acabados. Todo esto, a pesar de la humillación, a pesar de la sensación de esclavismo sobre mi sobrenatural talento, todo hubiera sido soportable, todo, excepto la última frase del explotador de mi editor:

-Y empieza tu puñetera obra maestra de los cojones. Estoy harto de oírla todo el día.

Su obra maestra. Parte 1


Un tipo más bien extraño en el metro no para de mirarme. Bajito, ni metro sesenta, calvo, y con un ridículo bigote que se nota a la legua que está teñido. Y me sonríe, mejor no describo esa sonrisa y esos dientes amarillos, no deseo que se marque en mi memoria semejante recuerdo. Se me acerca poco a poco y me suelta sin ningún reparo:

-Soy tu obra maestra

-Pues eres un poco fea para ser mi obra maestra ¿no?

-Que quieres, tampoco tú eres Cervantes

Me olvidaba de presentarme, soy Joan, escritor de relatos cortos. Si tenéis algún amigo pesadito, ese que siempre recomienda autores desconocidos como si fueran los nuevos James Joice’s, y que raudamente tiran a la basura cualquier libro de su biblioteca que supere los 300 ejemplares vendidos, si tenéis algún amigo así, seguro que tiene alguno de mis libros. Gracias a un nutrido grupo de histéricos pedantes me puedo permitir sobrevivir cada mes con lo que escribo, pero no puedo evitar ir en metro en vez de en limusina. De buena gana dejaría que mis fans actuales me repudiaran por comercial, comprendedlo, el metro es muy incomodo y no tiene mueble-bar.

-¿Y que haces aquí?

-Te vengo a recordar que no me has escrito todavía

-¿Cómo qué no? ¿Y mi último libro?

-¿Esa mierda de cuentos supuestamente inteligentes? ¿Esos que se intuye el supuesto final sorpresa desde el tercer párrafo?

-Eh… sí

-Pues no, además, ¿no ves que yo soy una novela?

-Eh…. No

-¡Capullo!, ¡soy mucho más alta que un cuento de mierda¡

-Bueno, bueno, no te alteres, estás un poco nerviosa, ¿no?

-Es que me he cansado de esperar a que me escribas, qué eres un puto vago, así que he decidido que necesitas un empujoncito.

-Oye eres un poco mal hablada

-Es que soy un novela negra en el barrio chino.

Me quedo en silencio un par de paradas, pensando que coño de argumento puedo inventarme en el barrio chino. En ese barrio sólo conozco los bares que sirven absenta. Del hampa del lugar sólo tengo contacto con los chavalines que me roban cuando voy borracho. Me giro para preguntar a mi obra maestra de que va la novela, pero ya no está. Me da miedo cuando pueda volver a aparecer.

Su otro Yo


Algo rompió la rutina de Juan en su camino a su obra. Cada día a las 8, después de un frugal desayuno, avalado por el médico-chamán de la familia, y tras regar su sedienta garganta con un no tan frugal orujito escondido hábilmente en el cajón de los calzoncillos, Juan paseaba lentamente hasta la obra de la nueva línea del metro. Pero hoy algo se cruzó en su camino. Más bien alguien, él mismo para ser exactos. Un muchacho de 20 años más o menos, con el pelo que antes poblaba su desolada calva, con sus propios ojos marrones oscuros, con ese caminar chulito que una vez regaló a sus admiradoras…. Se quedó en estado de shock. De alguna manera, de algún modo, la genética y la probabilidad le habían brindado un medio-clon. Medio-clon porque no era exactamente como era él a los 20 años. El muchacho era más alto, por lo menos 2 palmos, y tenía los músculos más trabajados y mucho mejor situados. Pero era esta diferencia era precisamente lo que más inquietaba, porque era como una versión mejorada de él mismo. La ropa, esa era la ropa en que se fijaba cuando su mujer lo acompañaba al Corte Inglés a comprar. Por supuesto no se la compraba, no era un payaso, sabía que era lo que correspondía a su edad. Pero era capaz de identificar lo que hubiese llevado si tuviera 50 años menos. Y ese muchacho estaba llevando todo aquello que hubiera seleccionado para si, bueno tal vez ese pañuelo del cuello no lo pondría, pero el resto era de su gusto.

No lo pudo evitar, desvió su rumbo detrás del chaval. No podía quitar sus ojos de encima, estaba hechizado, ¡que porte! ¡Que clase! ¡¿¿¿+Que culo!??? Curioso. No sabía si por la chulería (muy bien llevada por cierto) o por alguna lesión, el muchacho balanceaba un poco su trasero. Perdonable, no todo iba a ser perfecto. Por lo demás sus espaldas eran mucho más anchas de lo que fueron las suyas jamás, igual que las pantorrillas, que llenaban unos pantalones de una talla más pequeña de lo aconsejable. Un formidable Apolo, que no pasaba desapercibido entre el personal femenino tal como había percibido Juan. Lo confirmó cuando escuchó un gritito de alegría desde la terraza del bar hacía donde se encaminaba nuestro adonis. Un grupo de cuatro chicas, todas de muy bien ver, dirigían sus miradas libinidosas (o eso creía Juan intuir o imaginar) hacía los andares del Juan Júnior. ¡Como lo esperaban!, debía ser una especie de mito deportivo en el ambiente donde se movía, una estrella en su pequeño mundo. Eso tenía que ser, no podía ser de otra manera. Él siempre quiso ser un minidiós en su entorno, alguien admirado y venerado. Por desgracia, sus dos palmos de menos de altura y ese tartamudeo que siempre aparecía en esos contados momentos que todos le escuchaban, le habían puesto al final de la cola de las personas importantes de su círculo íntimo. Y en esos puestos finales, a su misma altura, encontró a su mujer. No aspiraba a más, no podía desear más, no le correspondía. Lucía era una buena mujer, no muy guapa, pero con la sabiduría suficiente para no agobiar a Juan con aspiraciones fuera de su posición natural. Si ellos habían estado al final de la cola, este chico estaba en primera línea. Una sonrisa se dibujó en su cara cuando Juan Jr se sentó en una silla en medio del semicírculo estrógeno. Su actitud era clara, era el centro de atención, lo sabía y era lo que estaba acostumbrado a recibir.

Y como lo miraban las chicas, no le quitaban el ojo de encima. Su conversación estaba dirigida a él, sin duda. Desde el banco cercano que había acogido al longevo admirador de si mismo, no perdía detalle del retrato idílico que discurría en la terraza. Todas lo escuchaban, todas miraban, TODAS lo adoraban… que gusto saber que otro yo disfrutaba lo que a él se le negó. Sin envidias, sin rencores, sólo justicia. De pronto un grito estridente turbó su concentración. Desde el perímetro de las mesas de la terraza, un julai en toda regla, estridente en el vestir y en el posado, miraba con deleite a la mesa que centraba su felicidad. Ante la decepción de Juan, su otro yo contestó con una sonrisa a la mariconada, se levantó y se acercó lentamente. Bueno, puede que eso fuera el signo de los tiempos. En su tiempo lo hubieran corrido a pedradas, pero hoy en día no sería lo correcto. Mejor, eso le daba un círculo de adoración mayor, hasta los julais adoraban a su yo actual. Mientras se tranquilizaba con este pensamiento de pronto algo lo dejó helado. La lengua del julai exploraba con avidez la boca de Juan Jr. Pero lo peor era que su yo lanzaba también la lengua para explorar la boca de su agresor.

Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Se levantó y se alejó del duelo de lenguas. Tenía que buscar alguna diferencia, tenía que alejarse de su yo actual. No podía ser él, no podía ser. Una obra, necesitaba una obra para disipar toda esa decepción acumulada en su interior. Cerca de ahí estaban castigando el pavimento por alguna oscura razón, y era necesaria la supervisión técnica del equipo jubilado de arquitectos. Ese era su lugar. Temblando llegó a la obra, extendió sus manos y se agarró a la verja. Poco a poco recuperó el aliento, levantó la vista y empezó a controlar la profundidad del los cimientos, la habilidad de conducción de las excavadoras, el culo del musculado paleta de la pala, la……… “mierda”

El espíritu de Quim Monzó


No podía dejar de rascarse…. Las uñas pasaban una y otra vez sobre un más que normal apéndice nasal que la diosa genética le había colocado. Ni muy grande, ni inútil para sostener unas gafas. Sólo una puta nariz.

Lo que empezó como un acto reflejo, llamó al fin la atención de su sentido de la vista. En un prodigioso cruce de ojos se fijó en la zona de conflicto donde su uña se había ensañado. En un principio no notó nada más que la rojez normal asociada a la saña masoquista, pero, poco a poco, a través de las palpitaciones de la zona cero, amaneció un extraño rostro. Lo que antes parecía una vena completamente destrozada, empezaba a sugerir unos ojos cada vez más fríos y cínicos. Lo que era un punto negro dilatado, se transformaba por momentos en una boca con un rictus torcido de rencor, mientras que un solitario pelo nasal, de esos que sólo detectan su presencia las mujeres con poco cariño que dar, retorcía en la forma de una nariz de lo más normal.

Raudo y veloz se desplazó la lavabo a ver que era aquel ser extraño que había tomado su nariz como hábitat natural. A través del espejo observó como nacía, poco a poco, pero de forma imparable, un rostro adherido a su muy normal nariz. Aún más, ese rostro se iba perfilando como una versión minúscula y desagradable de si mismo, una fotografía de un yo amargado y cínico que transmitía inquietud y malestar. Atónito y boquiabierto, se quedó aún más alucinado cuando su minúsculo retrato empezó a mover su boca-poro y escupió, además residuos que jamás habían sufrido una limpieza de cutis, las palabras “soy tu conciencia”……

Una firme y loca determinación se apoderó de su mente, brazos, y piernas. Salió del lavabo, cruzó el pasillo en tiempo récord, clavó sus zarpas en el último libro de Quim Monzó, y mientras profería las palabras “lo sabía” en un tono a medio camino del patetismo y de la rabia, lanzó el libro por la ventana

A %d blogueros les gusta esto: